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2º examen tercera evaluación by julen
junio 4, 2008, 10:29 am
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Ficha de recensión de libros de poesía by julen
junio 2, 2008, 7:33 am
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Aquí tenéis una propuesta de recensión de libros de poesía adaptada a partir de la propuesta de comentario de textos de © Materiales de lengua y literatura 2005-08 de las profesoras  Lourdes Domenech y Ana Romeo

ficha-de-recension-de-libros-de-poesia



Antología del cuento literario, Alhambra Longman by julen
mayo 1, 2008, 9:25 pm
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Si alguien quiere plantear dudas, críticas, opiniones, etc. sobre el libro que tenemos que leer, este es el lugar y el momento adecuado.

Os recomiendo que os leáis el prólogo. Está bastante bien para tener una idea general de qué es el cuento literario y de cuál ha sido su evolución. En el prólogo hay unas interesantes definiciones sobre el cuento en general (p.17), y el cuento popular (a veces llamados también cuentos maravillosos), páginas 18 y 19. En la p. 20 encontramos la definición de Roger Pinon sobre el cuento popular y los fines para los que sirve.

A partir de aquí intenta definir el cuento literario (pp. 22 y siguientes) siguiendo las aportaciones de Julio Cortázar y Baquero Goyanes. ¿Habéis entendido la cita de Cortázar en la página 25? De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas vedes de alivio y tantas otras de resignación”.

¿Alguno de los cuentos que habéis leído os ha provocado algún efecto parecido al que describe Julio Cortázar?

Cuéntanos tu experiencia cuentística. Aunque sea un cuento chino, no importa, cuéntalo; y, si es de verdad, si no es cuento, pues también nos la cuentas.

A partir de la página 26 se ve la relación entre cuento literario y artículo de costumbres, y en las siguientes, la relación entre cuento y poema en prosa, cuento y posía lírica, cuento y novela, y los cuentos inclasificables (cuento situación).

También merece la pena el cierre del prólogo con el Decálogo del perfecto cuentista.

Los cuentos son unas joyas. ¡Hala, a leer!

A ver quién se anima a dejar comentarios. Os recuerdo que los comentarios en el blog también los evalúo, puntúan. Aquí van algunas propuestas:

¿Cuál es el cuento más extraño?

¿Y el más difícil de entender?

¿El más facilón?

¿El más tonto?

¿El más misterioso?

¿El más emocionante?

¿El más angustiante?

¿El más triste?

El más tierno?

El más desagradable

¿El más …?



¡Adiós, Cordera!, Leopoldo Alas, Clarín by julen
abril 23, 2008, 7:18 pm
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Aquí os dejo el texto del cuento que vamos a trabajar en clase, el que haya perdido la copia que os di, que se lo baje. También tenéis algunos comentarios sobre la obra, por si queréis profundizar algo más.

?

Guía de comentario

adiós cordera, texto y comentario uoc
http://www.monografias.com/trabajos35/analisis-adios-cordera/analisis-adios-cordera.shtml

Además tenéis el socorrido rincón del vago, pero al que le pille fusilando comentarios…

De Wikisource, la biblioteca libre.

(Redirigido desde Adios, Cordera)

¡Adiós, “Cordera”!
de Leopoldo Alas

¡Eran tres, siempre los tres!: Rosa, Pinín y la Cordera.

El prado Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.

Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio.

La Cordera, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio.

Asistía a los juegos de los pastorcitos encargados de llindarla, como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera, no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!

Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca.

“El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante…, ¡todo eso estaba tan lejos!”

Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose; más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.

Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prado Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol, a veces entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera, que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila.

En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera, la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zavala del Ramayana, la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contornos de ídolo destronado, Caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.

Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.

En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática, esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino.

En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el narvaso para estar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera, y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera:

-Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.

Estos recuerdos, estos lazos son de los que no se olvidan.

Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.

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Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera, y no pasó de ahí: antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo, el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.

“Cuidadla; es vuestro sustento”. Parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo. El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo y allá en el Somonte. Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los neños. Un sábado de julio, al ser de día, de mal humor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera. “Sin duda, mío pá la había llevado al xatu.” No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo.

Al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro.

No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chìnta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. “No se dirá -pensaba- que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale.” Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino par la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.

En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera: un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho…

El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso… Por fin la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.

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Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron, A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio.

El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda.

Había que pagar o quedarse en la calle.

El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.

“¡Se iba la vieja!”, pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.

“¡Ella será una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela!”

Aquellos días, en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie aeternitatis, como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo 1a derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado y por otro, el que les llevaba su Cordera.

El vìernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tanto y tantos jarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz… Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.

Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que separarse. Antón, malhumorado, clamaba desde casa:

-¡Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! -así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas.

Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tíntán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.

-¡Adiós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mía alma!

-¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.

-Adiós -contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de julio en la aldea-.

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Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prado Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto.

De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces.

-¡Adiós, Cordera! -gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela.

-¡Adiós, Cordera! -vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla.

Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo:

-La llevan al Matadero… Carne de vaca, para comer los señores, los indianos.

-¡Adiós, Cordera! -¡Adiós, Cordera!

-Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía., el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones…

-¡Adiós, Cordera!…

-¡Adiós, Cordera!

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Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín que, por ser, era como un roble.

Y una tarde triste de octubre, Rosa en el prado Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera, multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.

Pinín, con medio cuerpo afuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:

-¡Adiós, Rosa!… ¡Adiós, Cordera!

-¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mía alma!…

“Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos: carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas.”

Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbidos que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos…

¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí, que era un desierto el prado Somonte.

-¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera!

Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!. Bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.

En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:

-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!

Este cuento forma parte del libro El Señor y lo demás, son cuentos



Sintaxis de la Oración Compuesta by julen
abril 16, 2008, 7:25 am
Archivado en: materiales alumnos

Aquí os dejo varios archivos de cuadros y esquemas de la O. Compuesta, ejercicios y exámenes. Los cuadros os los he sacado de distintas páginas de internet,

http://ortografiacantada.com/cuadrossinopticos.htm

oracion_compuesta_esquema

muchísima información en este enlace, esquemas, ejercicios resueltos…

http://www.cyara.net/edu/lyl.html#leng


otro esquema de la O. simple y compuesta

otro muy interesante con esquemas arbóreos

más esquemas de la OC

Modelos de examen:

examen-3c2aa-eval-modelo-1



Redacciones presentadas al concurso de Cajamadrid by julen
abril 15, 2008, 6:18 pm
Archivado en: Textos de alumnos

Aquí os engancho los archivos de las redacciones que pude presentar al concurso de redacción de la Obra Social de Caja madrid. A ver si hay suerte.

Las he organizado por cursos. No estaría mal que las leyeseis y si alguien se anima a comentarlas, pues estupendo.

4ºA
el-violonchelo-julia-krasimirova
el-estanque-criera1
lukas_mi-cuarto
marta-alves-redaccion-e
pelea-en-la-escuelabrossello
redaccio-castellaarquitecturas-pol-roca
redaccion-1400-caracteres-capo1

4ºB
la-prision-tomeufemenias
la-prision-tomeufemenias1

4ºC

arquitectura-cladera
arquitectura-dorita-mai2
big-ben-fernando-flaquer
el-robo-inesperado-barbara-nadal
faramelli_redaccion-castellano-tema-ii
galmes-llullrquitectura-redaccio-castella-1
galmesmesquida_arquitectura
redaccion-arquitectura-1cursach
redaccion-arquitectura-antonia-galmes-melis
rodrigo-flaquer-gladiador-corr
terreno-rabai



Estudiantes de 3º y 4º ESO demostrando sus conocimientos by babelia80
abril 15, 2008, 5:10 pm
Archivado en: General | Etiquetas: ,

No es por desanimar a nadie, pero me ha parecido bastante gracioso este vídeo que me mandó una compañera del instituto. Espero que al menos vosotros sepáis quién escribió Don Quijote…
Echad un vistazo a este vídeo, no tiene desperdicio:



tcuento, !Qué nivel, Maribel! by julen
marzo 16, 2008, 11:29 pm
Archivado en: General

tcuento

Esta es la página que algunos de vuestros compañeros utilizan para insultar, amenazar, humillar , degradar etc. a otros compañeros y también, en menor medida a algún profesor, e incluso a grupos sociales completos (mallorquines, gitanos, forasters…). Incluso es frecuente firmar con el nombre de otra persona el ataque a un tercero.

No es una cuestión local, que afecte sólamente al instituto de Artà, y durante la semana pasada lo hemos podido ver en la prensa:

opinión DM, Sebastià Verd

portada DM sábado 15 de marzo

El Govern denuncia la web escolar por dos presuntos delitos contra menores

Internet, una buena herramienta que tiene sus peligros

Los directores

La Consellera de Educación

Los escolares baleares utilizan una web para insultarse y humillarse

Podríamos poner más enlaces, que no necesariamente significan más información. Lo que hace falta es valorar qué hay detrás de esta página y de los alumnos que la han utilizado.

Ahora voy a escribir algo que seguramente es “políticamente incorrecto”. Allá va. Creo que esta página web, es una especie de termómetro, de botón muestra que nos permite apreciar qué tipo de personas, de alumnos circula por los institutos, (el de Artà, el nuestro, y los demás). El problema no es internet, ni la tecnología. El problema es el tipo de ciudadanos, de personas que aprovechándose de un presunto anonimato se dedican a quitarse la careta (¿o ponerse otra?) y a machacar a quienes envidian, a quienes creen inferiores a ellos, o más débiles, a quienes odian, etc.

Y ahora viene lo políticamente incorrecto: “gracias a esta página” hemos podido ver que hay alumnos que actúan así, y que probablemente “sean o sientan o se sientan así”. Sin internet a su alcance estos alumnos serían y sentirían posiblemente lo mismo, y sus acciones de acoso, de bulling, de humillación hacia sus compañeros y hacia los profesores se realizarían de una manera menos visible, menos aparatosa; pero no menos real, dañina, peligrosa e inaceptable.

En la página del IES Llorenç Garcies i Font hoy, domingo 16 de marzo, hay 828 entradas. Supongo que serán unas 20 ó 30 personas quienes han colgado esta basura a lo largo de un mes. Supongo que la mayoría de los alumnos pasa bastante de estas bajezas; pero mientras esta mayoría no se exprese, no dé la cara, y no deje claro que estos comportamientos no son aceptables, ni “populares”, ni guays, estos ataques continuarán.

Quizá la Guardia Civil cierre la web en cuestión, cosa que no estaría mal; pero eso no basta para que quienes ahora han utilizado esta web para maltratar a sus compañeros lo sigan haciendo de forma menos sofisticada, sin internet, como siempre se ha fastidado y acosado a los compañeros. Nos daremos menos cuenta, pasarán más desapercibidos.

¿Qué hacemos? ¿le echamos la culpa a internet o abordamos el problema de las relaciones interpersonales, de la convivencia en los centros educativos? ¿Le echamos la culpa a internet o intentamos cambiar las mentalidades, los valores, “el coco” de unos compañeros que creen que está bien eso de humillar y amenazar a los demás?



Lo de Sineu fue peor, agreden a un padre que va al instituto a defender a su hijo by julen
marzo 2, 2008, 5:52 pm
Archivado en: General

Ocho menores apalean en Sineu al padre de un estudiante acosado
El hombre acudió al instituto para defender a su hijo y recibió una paliza JAVIER JIMÉNEZ

Un padre que acudió al instituto de Sineu para defender a su hijo, que sufre acoso escolar, fue apaleado por ocho menores, que le rompieron un dedo, una costilla y le provocaron un esguince cervical y una contusión craneal. La víctima tuvo que ser atendida en el hospital de Son Llàtzer y de momento la Guardia Civil ha detenido a uno de los implicados.

noticia completa en UH

noticia del día siguiente en UH

un blog sobre bullying

noticia en el mundo

noticia en el País

Tenéis la noticia en sus diferentes versiones. Como veis, también tiene elementos comunes con las anteriores. También podéis tratar sobre ella para la redacción del próximo jueves, acordaos, texto argumentativo, 250 palabras, partiendo de una de estas noticias.



LA CASA DEL ESTANQUE by julen
febrero 24, 2008, 9:42 pm
Archivado en: Textos de alumnos

el estanque

Adrián siempre había tenido curiosidad por aquella enorme casa deshabitada en las afueras del pueblo. Era una mansión hermosa, con un gran jardín invadido por las malas hierbas y cubierto por enredaderas.

Adrián acostumbraba a pasear por los alrededores de la casa, y un día, venciendo su primitivo temor a lo desconocido, se atrevió a entrar en el interior. Dentro todo estaba en penumbra, y grandes telarañas cubrían los muebles y las paredes. Algunos palomos habían anidado allí dentro y cuando vieron al niño, huyeron por una ventana.

Esto fue el principio del idilio de Adrián con la casa donde, desde aquel día, pasó muchas horas paseando por sus estancias.

Un día, cuando el chico se dio cuenta de que ya había anochecido, salió corriendo y, al pasar cerca del estanque, vio que junto a él estaba sentada una muchacha con los ojos muy tristes mirando al agua. Adrián la saludó, pero al no oír respuesta, se marchó; muchos días volvió a la casa, pero no la volvió a ver.

Un día, hablando con un señor mayor, se enteró de que la casa había pertenecido a un rico comerciante que vivió allí con su hija, la cual se ahogó en ese estanque. Por ese motivo el hombre se suicidó. El chico tuvo curiosidad, y se fue al cementerio en donde estaban enterrados padre e hija, y buscó las tumbas hasta encontrarlas. La sangre se le heló en las venas al reconocer en la borrosa fotografía de la lápida a la hermosa desconocida del estanque.

 

Catalina Riera




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